Posteado por: alasdeluz4 | mayo 28, 2012

Salmo 111: 1 – 2, 5 – 6, 9 – 10

1 ¡Aleluya! Doy gracias a Yahveh de todo corazón, en el consejo de los justos y en la comunidad.

2 Grandes son las obras de Yahveh, meditadas por los que en ellas se complacen.

5 Ha dado alimento a quienes le temen, se acuerda por siempre de su alianza.

6 Ha revelado a su pueblo el poder de sus obras, dándole la heredad de las naciones.

9 Ha enviado redención a su pueblo, ha fijado para siempre su alianza; santo y temible es su nombre.

10 Principio del saber, el temor de Yahveh; muy cuerdos todos los que lo practican. Su alabanza por siempre permanece.

 

En el relato de la Visitación, san Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, use el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se use en los evangelios pare indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27­28; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

El texto evangélico refiere, además, que María realice el viaje “con prontitud” (Lc 1, 39). También la expresión “a la región montañosa” (Lc 1, 39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!” (Is 52, 7).

Así como manifiesta san Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10, 15), así también san Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.

La dirección del viaje de la Virgen santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontaneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: “Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que “cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y “quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno’” (Lc 1, 41­42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.

La exclamación de Isabel “con gran voz” manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.

Isabel, proclamándola “bendita entre las mujeres” indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare ella su visita: “De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Con la expresión “mi Señor”, Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. IR 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey­mesías (Sal 110, 1). El ángel había dicho de Jesús: “EI Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 32). Isabel, “llena de Espíritu Santo”, tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch 2, 34­36).

Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: “Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). La intervención de María produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, esta destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 25, 2012

Frase biblica

Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo.

Jesús

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 25, 2012

Letanía a San Antonio por cosas perdidas

 

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad

Por los que hemos perdido…( a cada intención repite “San Antonio, ruega por nosotros”
Por:

Nuestra salud.
La salud de un ser querido.
Nuestra paz.
La paz en nuestra familia.
La paz en nuestra sociedad.
Nuestra casa.
Nuestra seguridad económica.
Nuestro trabajo.
Un ser querido.
Una amistad.
Nuestro amor.
Nuestra templanza.
Nuestra fe.
La esperanza.
Nuestra dignidad.
Nuestra inocencia.
Nuestra libertad.
Nuestra confianza en otros.
Nuestra virtud.
(Di aquí tu pérdida personal)

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.
Ten piedad de nosotros.

Oración final:
Dios, todo Amor y Bondad, que nos has dado a San Antonio como santo patrono de las cosas perdidas, suplicamos por medio de este glorioso intercesor Tu misericordia. Escucha su voz cuando clame a Ti a favor nuestro y, concédenos aquello que nos ayude a crecer en Tu amor.
Amén.

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 25, 2012

“”¡ No tengáis miedo!” …

Tienen necesidad de esas palabras los pueblos y los naciones del mundo entero. Es necesario que en su conciencia resurja con fuerza lo certeza de que existe Alguien que tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa ( … ) Y este Alguien es Amor (cfr. 1 Jn 4,16): Él es el único que puede dar plena garantía de los palabras “¡No tengáis miedo!” … “

Juan Pablo II,
del libro Cruzando el Umbral de la Esperanza.

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 25, 2012

Mensaje del 25 de Mayo de 2012

“Queridos hijos: También hoy os invito a la conversión y a la santidad. Dios os quiere dar alegría y paz a través de la oración, pero vosotros hijos míos, aún estáis lejos, apegados a la tierra y a las cosas terrenales. Por eso os invito nuevamente: abrid vuestro corazón y vuestra mirada hacia Dios y hacia las cosas de Dios, y la alegría y la paz reinarán en vuestros corazones. ¡Gracias por haber respondido a mi llamada!”

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 23, 2012

Niños

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 23, 2012

Salmo 95: 1 – 7

1 Venid, cantemos gozosos a Yahveh, aclamemos a la Roca de nuestra salvación;
2 con acciones de gracias vayamos ante él, aclamémosle con salmos.
3 Porque es Yahveh un Dios grande, Rey grande sobre todos los dioses;
4 en sus manos están las honduras de la tierra, y suyas son las cumbres de los montes;
5 suyo el mar, pues él mismo lo hizo, y la tierra firme que sus manos formaron.
6 Entrad, adoremos, prosternémonos, ¡de rodillas ante Yahveh que nos ha hecho!
7 Porque él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo de su pasto, el rebaño de su mano. ¡Oh, si escucharais hoy su voz!:

VATICANO, 23 May. 12 / 10:29 am (ACI/EWTN Noticias).- En la audiencia general de esta mañana el Papa Benedicto XVI señaló que “el cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama”.

En su catequesis habitual de los miércoles y ante miles de peregrinos en la Plaza de San Pedro, el Papa hizo una profunda reflexión sobre el sentido de llamar Padre a Dios, teniendo como ejemplo a Cristo en la cruz que le dice “¡Abbá! ¡Padre!” (papá o papito).

Desde el comienzo de su camino, señala Benedicto XVI, “la Iglesia ha aceptado esta invocación y la ha hecho suya, sobre todo en la oración del Padre Nuestro, donde todos los días decimos: ‘Padre… Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’”.

“El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama. Estas dos densas afirmaciones nos hablan del envío y de la acogida del Espíritu Santo, el don del Resucitado, que nos hace hijos en Cristo, el Hijo Unigénito, y nos pone en una relación filial con Dios, relación de profunda confianza, como la de los niños; una relación filial similar a la de Jesús, aunque si el origen es distinto y diferente es también la importancia”, explica el Santo Padre

Jesús, prosigue, “es el Hijo eterno de Dios que se hizo carne, nosotros en cambio nos convertimos hijos en Él, en el tiempo, mediante la fe y los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, gracias a estos dos sacramentos estamos inmersos en el misterio pascual de Cristo”.

Según señala la nota de Radio Vaticano, Benedicto XVI lamenta luego que “tal vez el hombre moderno no percibe la belleza, la grandeza y el gran consuelo que contiene la palabra ‘padre’ con la que podemos dirigirnos a Dios en oración, porque la figura paterna a menudo hoy en día no suele estar suficientemente presente y a menudo no es lo suficientemente positiva en la vida cotidiana”.

Ante ello, continúa, “del mismo Jesús, de su relación filial con Dios, podemos aprender qué significa padre exactamente, sea cual sea la verdadera naturaleza del Padre que está en los cielos”.

“Podríamos decir que en Dios el ser Padre asume dos dimensiones. En primer lugar, Dios es nuestro Padre, porque Él es nuestro Creador. Cada uno de nosotros, cada hombre y cada mujer es un milagro de Dios, es querido por Él, y es conocido personalmente por Él.

Cuando en el libro del Génesis se dice que el ser humano es creado a imagen de Dios, se quiere expresar precisamente esta realidad: Dios es nuestro Padre, por medio de Él no somos seres anónimos, impersonales, sino que tenemos un nombre”.

Además, indica, “el Espíritu de Cristo nos abre a una segunda dimensión de la paternidad de Dios, más allá de la creación, porque Jesús es el ‘Hijo’ en el sentido más amplio, ‘de la misma substancia del Padre’, como profesamos en el Credo”.

“Convirtiéndose en un ser humano como nosotros, con la Encarnación, Muerte y Resurrección, Jesús, a su vez, nos recibe en su humanidad y su propio ser Hijo, para poder entrar también nosotros en su específica y especial pertenencia a Dios”, agrega.

El Papa Benedicto XVI afirma también que “desde cuando existe el homo sapiens, está siempre en la búsqueda de Dios, intenta hablar con Dios porque Dios se ha inscrito a sí mismo en nuestros corazones, por lo que la primera iniciativa es de Dios y con el bautismo Dios vuelve a actuar de nuevo en nosotros”.

“El Espíritu Santo actúa en nosotros como primer iniciador de la oración, para que podamos luego hablar realmente con Dios y decirle Abbà a Dios. Por lo tanto su presencia abre nuestra oración y nuestra vida se abra a los horizontes de la Trinidad y de la Iglesia”.

“Cuando nos dirigimos al Padre nuestro en nuestra celda interior, en el silencio y en el recogimiento, nunca estamos solos. El que habla con Dios nunca está solo. Estamos en la gran oración de la Iglesia, formamos parte de una gran sinfonía que la comunidad cristiana esparcida en cada parte de la tierra y en todo tiempo eleva a Dios; ciertamente los músicos y los instrumentos son distintos –éste es un elemento de riqueza– pero la melodía de alabanza es única y armoniosa”.

Al hablar sobre la diversidad de carismas en la Iglesia, el Santo Padre resalta que “la oración guiada por el Espíritu Santo, que nos hace clamar ‘¡Abbá! ¡Padre!’ con Cristo y en Cristo, nos inserta en el único gran mosaico de la familia de Dios, en la que cada uno tiene un lugar y un rol importante, en profunda unidad con todo el conjunto”.

“Una nota más para terminar: nosotros aprendemos a clamar ‘¡Abbá!, ¡Padre!’ también con María, la Madre del Hijo de Dios. El cumplimiento de la plenitud del tiempo, de la que habla San Pablo en la Carta a los Gálatas, sucede en el momento del ‘sí’ de María, de su adhesión plena a la voluntad de Dios: ‘Heme aquí, soy la sierva del Señor’”

“Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a saborear en nuestra oración la belleza de ser amigos, aún más hijos de Dios, de poderlo invocar con la familiaridad y la confianza que tiene un niño hacia sus padres que lo aman”, concluyó.

En español el Papa saludó a “los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, Argentina, El Salvador, México y otros países latinoamericanos” e hizo votos para “que Dios, nuestro Padre, aliente nuestro coloquio frecuente y devoto con él. Muchas gracias”.

Posteado por: alasdeluz4 | mayo 23, 2012

Jesús nos dice…

«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre» (Mateo 7, 7-8)…

«Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Juan 14, 13-14)…

«Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis» (Marcos 11, 24)…

«Es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lucas 18, 1)…

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